Este artículo pertenece a la guía para vivir en Bélgica de Vivir Europa.
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Bruselas es una ciudad muy rara. Eso es lo que me dice la gente local sin excepción cuando hablo de la capital de Bélgica. Y lo cierto es que no les falta razón alguna. Bruselas es una amalgama de todas las contradicciones de este pequeño país centroeuropeo elevadas a la enésima potencia, pero funciona.
Funciona a pesar de que fue, como otras capitales europeas, una pequeña villa junto a una gran ciudad -en este caso Halle- que un día comenzó a crecer sin contención y sin medida. Pasando pronto a ser la primera ciudad de Brabante cuando el concepto de Bélgica aún no existía.
Y funciona a pesar de haberse teñido en el siglo XIX de la sangre de todo un país, de toda una civilización. Los delirios de grandeza del rey Leopoldo II convertirían su jardín particular, el Congo, en tierra de un gran genocidio, mientras Bruselas alzaba edificios de una belleza arquitectónica sin igual a costa de estas muertes.
Antes ya había funcionado al formarse artificialmente el estado de Bélgica. De repente, Bruselas pasaría de ser una ciudad flamenca a una bilingüe que hoy en día casi ha descartado el holandés como idioma local. Y eso que su área metropolitana está completamente rodeada por la región del Brabante Flamenco donde no es raro encontrarse con gente cuyo francés es peor que el mío (y eso que yo no "compro pan").
Y, a pesar de que según el propio estado belga, tan solo un 32% de los habitantes de Bruselas son de origen belga, ésta funciona. De hecho hay tantos habitantes de origen belga como habitantes del resto de Europa y menos que habitantes de origen no europeo.
No importa que tras cinco años de crisis nadie crea ya en la Unión Europea, cuya sede central se encuentra en nuestra querida Bruselas. Da igual que parezca una utopía política más que una posibilidad real y que la ciudad se llene entre semana de miles de políticos, consejeros y traductores, Eurócratas dispuestos a arreglar nuestra vida como crean conveniente mientras gastan nuestros impuestos en sus dietas. Bruselas funciona.
¿Que ni tan siquiera el corto periodo bajo el control del Imperio Francés logró homogeneizar la arquitectura de una ciudad que es un caos y que mezcla los estilos arquitectónicos más dispares de los últimos tres siglos? No importa, Bruselas funciona.
El hecho de que el monumento y personaje más famoso de la ciudad sea un niño desnudo que orina de manera incesante podría destrozar la reputación de cualquier ciudad del mundo en un abrir y cerrar de ojos. Más aún si el niño tiene una compañera que mea también, desnuda y en una postura algo escandalosa, ¡y hasta un perro! Pero esto no pasa con Bruselas, que aún así funciona.
Imagina una ciudad moderna, que se renueva y crece constantemente. Sería horrible que a ojos de locales y visitantes su edificio más vanguardista fuese uno que en realidad tiene ya más de 65 años. Pues a pesar de que eso mismo pasa con el Atomium de Bruselas, ésta funciona.
Que estamos en la era del culto al cuerpo, el bajo consumo de carbohidratos y azúcares, el recuento de calorías como si una de más o de menos fuese a cambiarnos la vida para siempre y tu gastronomía es famosa por las patatas fritas, el chocolate y la cerveza, ¡Qué más da! Bruselas funciona.
Que hay más tiendas de cómics que niños, y que la mayoría de estos cómics ni siquiera son para niños. Que Tintín sea tu periodista más famoso y que uno de tus héroes sea un vaquero -sí, un vaquero del oeste-. ¿Qué me dices? Lo sé, lo sé: funciona.
Por todos estos motivos, y muchos más que te contaré en próximos artículos de esta guía, Bruselas es la rara capital de Europa que funciona. Tendrás que visitarla y verlo por ti mismo, ¿no crees?











