Este artículo pertenece a la guía de Budapest de Vivir Europa.
Uno es incapaz de imaginar la capital de Hungría sin sus puentes, son un elemento esencial de la ciudad y cruzarás a pie alguno de ellos, seguramente más de una vez, en cualquier visita a Budapest. Por eso, resulta extraño pensar que hace 200 años no había ningún puente permanente que cruzase el Danubio a su paso por Hungría.
Tuvo que esperarse hasta que terminó la revolución húngara de 1848 para que István Széchenyi, figura esencial de la historia del país y por aquel entonces ministro de infraestructura del primer gobierno independiente húngaro, promoviese la creación del que es, todavía hoy, el puente más bello de Budapest, el Lánchíd, puente de las cadenas, que une Pest y Buda justo a la altura del castillo de la ciudad.
El puente se construyó durante 10 años y fue inaugurado el 20 de noviembre de 1849. Detrás de esta fantástica obra arquitectónica dos personas de igual apellido pero ninguna relación, el inglés William Tierney Clark y el escocés Adam Clark. El primero diseñó el puente basándose en una obra anterior suya en Marlow, Reino Unido. El segundo se encargó de supervisar la construcción.
Una construcción que es una obra de arte en sí misma. Hasta el punto de que llega a convertirse en protagonista de pensamientos, escritos y miradas aún a pesar de ofrecerte una panorámica perfecta desde su pasarela de elementos fundamentales de la Budapest a orillas del Danubio como puedan ser el castillo de Buda, el Parlamento de Budapest o el Bastión de los Pescadores con la Iglesia de Matías.
Inaugurado por segunda vez cien años después, por haber sido reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial, el Széchenyi Lánchíd, que sería su nombre completo, ha arrebatado a base de paseos nocturnos el puesto de mi puente favorito al Tower Bridge de Londres.
Todo en este puente es una maravilla y me hace disfrutar de él cuando lo camino. Tanto las estructuras metálicas del mismo en esos tonos casi azulados, como la iluminación de los pequeños focos y también de las farolas, que son mis farolas favoritas.
Las estatuas de los leones que guardan la entrada al puente ocultan su lengua enmudecidos ante la maravilla que les ha tocado guardar. En prácticamente todas mis visitas a Budapest he optado por cruzar de Buda a Pest o viceversa por este lugar, cumpliendo casi un ritual que me inspira como pocos.
Los amantes de la fotografía disfrutarán también de él, fotografiando viandantes que cruzan el puente y jugando con las sombras que las luces dejan en las horas tardías. Parece mentira que algo tan sencillo como un puente pueda dar para tantas horas de disfrute.
Reza una placa en el lado de Pest que el puente de las cadenas y el puente sobre el Támesis en Marlow son los dos únicos puentes aún en pie diseñados por William Tierney Clarke. Así que tendré que aprovechar que ahora vivo en el Reino Unido para ver al hermano mayor del Lánchíd, mi puente favorito.








